Un conjunto residencial pensado para una de las condiciones climáticas más severas habitables del planeta. Aquí la arquitectura no decora: protege. Cada decisión de proyecto —la orientación, la pendiente de cubierta, el porcentaje de vidrio en cada fachada— se somete a un único criterio: capturar el sol escaso del invierno sin perder el calor que tanto cuesta producir.
La figura de partida es la casa a dos aguas, depurada hasta su silueta esencial. De esa pieza única nacen cuatro tipologías —aislada y adosada, en dos y tres plantas— que comparten lenguaje constructivo y se combinan en hilera siguiendo la pendiente del terreno. La repetición del perfil a dos aguas teje un frente urbano reconocible; la madera vertical y la cubierta oscura asientan el conjunto en el bosque.
El comportamiento energético no se intuye: se calcula. Mediante un modelo paramétrico se ensayaron cientos de combinaciones de orientación y acristalamiento, evaluando hora a hora la temperatura interior y la demanda de calefacción a lo largo del año. El resultado fija un azimut de cubierta de 40,3° y una distribución de vidrio desigual por fachada —generosa al oeste, contenida al norte— que equilibra ganancia solar y pérdida térmica.
La envolvente trabaja como un abrigo: muro macizo donde el frío aprieta, vidrio donde la luz compensa. La sección, compacta, reduce la superficie expuesta; el interior, cálido y de madera, devuelve la escala doméstica que el clima exterior niega.
Estructura y revestimiento de madera, cubierta metálica oscura, carpinterías de gran formato hacia el sur. Una construcción sobria, repetible y precisa, donde el detalle constructivo es el verdadero proyecto: cómo se encuentra el muro con la luz, cómo se aísla sin renunciar a la vista, cómo envejece la madera bajo la nieve.